Número cero
#00: Periodismo, reflexiones, polémicas, lecturas, citas, canciones, películas y series.
Este mes cumplo 50 años, por lo que tengo edad suficiente para haber volado en aviones donde se permitía fumar (la diferencia entre asientos fumadores y no fumadores era una línea imaginaria entre una fila y la posterior), para haber visto recitales enteros en los cuales nadie grababa ni sacaba fotos (la experiencia quedaba grabada en la memoria sensible y se hacía relato) y para haber trabajado en redacciones periodísticas donde no mandaba el clickbait y el cierre de la edición (en papel) se extendía hasta bien entrada la madrugada; donde se fumaba y bebía y se comía pizza fría a las tres de la mañana.
Esas redacciones, alfombradas, transitadas y malolientes, se parecían más a un lobby viejo de un hotel dos estrellas que a un estudio de televisión, pero estaban más vivas que las que existen hoy; en ellas sobrevivía cierta bohemia de lo que había sido el periodismo de los años 80 y 90. Recuerdo, por ejemplo, que había que ir hasta un archivo a buscar un sobre con información de la materia o el personaje acerca del cual uno quería escribir (Google era todavía un sueño húmedo en la mente de algún adolescente de Silicon Valley) y podías, al pie de una fotocopiadora, tener una larga conversación con tipos más grandes y experimentados sobre asuntos hoy tan demodés como la literatura.
Participé en el lanzamiento de al menos dos diarios y unas cuantas revistas. Antes de que esos productos salieran a la calle en busca de un lector se ensayaban ediciones de prueba que llevaban el nombre de “números cero”. En esas tiradas secretas se probaban cosas para luego ajustar y corregir, se ejercitaba el músculo de la redacción; era un poco como jugar al periodismo: todo era real salvo el resultado, que se imprimía en versiones facsimilares pero circulaba únicamente entre los integrantes de la redacción y no llegaba a los kioscos.
Todos los que formamos parte de aquel apasionante y frustrado experimento que fue el Diario Perfil del año 1998 conocemos el chiste que nació de una paradoja que nos tocó vivir: fue un diario para el que se imprimieron más de 120 números cero (trabajamos en una suerte de diario de ficción por alrededor de cuatro meses) y tuvo apenas 84 ediciones que llegaron a la calle y los lectores, antes de que dejara de salir.
Parece que estoy hablando de una vida pasada, y así es: a pesar de que esto sucedía más de veinte años atrás el oficio era otra cosa, los periodistas sentíamos a veces que teníamos el mejor trabajo del mundo, los medios de papel aún ejercían un poder enorme basado en el monopolio de la información y los lectores leían (bien o mal, pero leían), en lugar de informarse por Instagram y TikTok.
Agradezco haber vivido aquellos tiempos pero tampoco siento nostalgia por una realidad que ya no existe. Sin embargo hubo un momento, entre el comienzo del uso de Internet en las redacciones (alrededor de 1998-1999) y el reemplazo casi completo de la cultura del papel por la digital, en que una experiencia real y otra virtual convivieron en virtuosa tensión: lo tangible y lo imaginario se retroalimentaban. No había redes sociales ni WhatsApp pero alrededor del 2003 hubo una explosión de las bitácoras personales llamadas blogs: una plataforma de publicación digital que cualquiera podía armar en segundos y compartir con todo el mundo.
La web se llenó de experimentos escriturales, muchos intrascendentes pero algunos otros interesantes; no había límite, se podía hacer casi cualquier cosa. Hubo blogs individuales y colectivos; algunos parecían diarios personales, otros tenían un carácter más profesional. No había escritor que no tuviera el suyo. Fue también la era del nacimiento del hate: aprendimos a cocinarnos en el caldo del odio ajeno, de los comentarios anónimos, y esa experiencia nos sirvió para endurecer el cuero y movernos con cierta soltura y despreocupación en este presente de bots, fanatismo, violencia y spam.
La diferencia sustancial con aquella época es que hoy, a dos décadas de distancia, el texto parece haber perdido por completo su centralidad, aplastado y deglutido por la cultura de la imagen. No hace falta que nadie me lo explique: cada vez me cuesta más concentrarme en la lectura de textos largos en pantalla, y cuando leo un libro ya estoy acostumbrado a hacerlo con interrupciones. Es una lectura desconcentrada.
Como anticipó alguna vez el Indio Solari, vinieron por nuestro estado de ánimo, pero se llevaron mucho más que eso. Ni siquiera tuvieron que pelear: entregamos nuestros datos personales al mismo tiempo que buena parte de nuestra capacidad para sentir, imaginar, pensar y concentrarnos. Una película de tres horas en el cine nos parece todo un desafío pero vemos ocho capítulos de media hora de una serie en un día sin hacernos problema alguno.
Desde hace más de un año y medio estoy alejado del periodismo. No ejerzo la crítica en medios, pero en mi tiempo libre sigo leyendo, viendo películas y series, yendo al teatro, y cuando me sobreviene la necesidad de la escritura (se escribe para pensar, decía Ricardo Piglia) no encuentro un lugar para hacerlo. ¿Por qué no volver a construir, una vez más, ese lugar? ¿Uno personal, sin cierres ni demandas, donde pensar y escribir únicamente sobre lo que me despierta interés y para el que tenga ganas de leerme?
Así llegamos a este espacio: se llama TomasHotel porque ese era el nombre del blog con comentarios sobre literatura y cultura general que mantuve más o menos activo entre 2003 y 2013. Este vendría a ser su número cero. No ofrezco mucho más que opiniones honestas e inteligencia artesanal. Que me disculpen los mercaderes de novedades, pero esto que están leyendo ahora es bastante parecido a un blog, solo que viaja a través de una suscripción. Se trata apenas de un impulso de la voluntad: un lento deslizamiento, exento de triunfalismo, de regreso al texto escrito. Un espacio para que los que quieran leer, lo hagan.
¡Volver al pasado! Bienvenidos de regreso a la era de los blogs.
Todas las opiniones y comentarios volcados en TomasHotel están hechos a título personal y no representan la postura de ninguna institución.
QUÉ ESTUVE PENSANDO
Del opaco universo de los premios literarios, el Planeta de España es el menos transparente de todos. Tanto que en la Argentina, luego de años de sospechas y polémicas, se decidió dejar de entregarlo. En la ibérica casa matriz está dotado de un millón de euros, al igual que (nada menos) el Premio Nobel. Pero por alguna extraña coincidencia, el Planeta siempre lo obtiene algún autor que previamente contaba con una extensa obra publicada en… la misma editorial que convoca al concurso.
Últimamente, además, suelen ganarlo celebridades surgidas de la televisión y los medios de comunicación. Días atrás resultó vencedor Juan del Val (Madrid, 1970), que se parece muchísimo al actor Javier Bardem y a quien no tengo el placer de conocer ni de haber leído, pero como dijo un escritor prejuicioso alguna vez: ¿qué, además de que es malo hay que leerlo? El problema no es, por supuesto, que un premio comercial de uno de los mayores grupos editoriales esté amañado: eso lo sabe todo el mundo, y nadie le pone una pistola en la cabeza a nadie para que compre un libro. El engaño, salvo para los incautos, es un pacto de dos.
El tema es que el buen hombre, panelista de uno de los programas de televisión más visto de España (que pertenece… al mismo grupo empresario que la editorial que acaba de firmarle un abultado cheque), en lugar de ir a cobrarlo a la caja del banco y comprarse un piso con, digamos, vista a la Plaza Mayor, decidió comenzar a pontificar sobre literatura. El párrafo completo, luego diseccionado en decenas de artículos, es el que sigue: “Yo prefiero que me lea la gente y cuanta más gente, mejor. Y en ese sentido quiero agradecer al Grupo Planeta que convierta la literatura en un acontecimiento popular en una noche como esta. Un acontecimiento popular que es lo que debería ser siempre la literatura. Se escribe para la gente, no para una supuesta élite intelectual. Y considerar que comercial y calidad son conceptos opuestos, comercial y calidad yo creo que son las bases de este premio, pues considerar que son cosas distintas, siempre distintas, es faltarle el respeto a la gente. Y de la gente vivimos todos los que estamos aquí, deberíamos escribir para la gente, también los políticos viven de la gente”.
Dejando de lado la pedregosa sintaxis que el párrafo exuda (y el típico tono genuflexo de alguien que acaba de ser premiado por sus propios patrones con un botín nada despreciable), todo lo que viene después puede ser puesto en duda sin dificultad, y rebatido con los mismos argumentos: ¿El grupo Planeta se encarga de convertir a la literatura en un acontecimiento popular? ¿Y cómo lo hace? ¿Debe la literatura, como asegura el bueno de Del Val, ser un acontecimiento? ¿De qué tipo? ¿Y qué significa popular? ¿La cantidad de gente que compra un libro? ¿La mucha menos que lo termina leyendo? ¿Y cómo se consigue la popularidad? ¿Escribiendo sobre temas de interés general, instalando expendedoras de libros en las canchas de fútbol, premiando a figurones?
Y eso de asegurar para quién se debe escribir… no deja de ser signo de los tiempos confusos que vivimos el hecho de que alguien se arrogue el derecho de decidir cuál es el destino o la misión de la literatura. El límite es el cielo, parecen pensar en nuestras sociedades hiperconectadas los panelistas de televisión. Mal no les va.
Pero la clave de tanto espíritu bélico se esconde apenas unas pocas palabras después, a la hora de intentar maridar, una vez más, el concepto de calidad literaria (con la dificultad de definición que esto implica) con el éxito comercial, algo bastante más fácil de entender, y en lo que del Val parece ser especialista. Se trata, en fin, de un nuevo capítulo del melodrama que podríamos titular “Escritores exitosos insatisfechos”. Todos queremos lo que no tenemos, y estos publicadores de libros que dicen gozar del favor del público lo que en verdad desean es lo que se les niega: el reconocimiento de los pares y la crítica. De ahí lo de las “élites intelectuales”.
Pues bienvenido al mundo real: o se tiene una cosa o se obtiene la otra. Fervor popular, fama, dinero y reconocimiento del campo intelectual no son términos que puedan convivir, salvo en casos excepcionales, y muchas veces debido a un gran malentendido (¿cuántos de los que se acercaban al Borges conferencista para pedirle autógrafos conocían profundamente su obra?).
¿Existen ejemplos? Quizá el de algunos autores del Boom: Cortázar, García Márquez, Vargas Llosa. Pero es probable que aquella popularidad se deba tanto a sus libros como a una gravitación que la literatura y los escritores como personajes públicos tuvieron en algún momento del siglo XX y ya no poseen. Por lo demás, primero hay que escribir “Rayuela”, “Cien años de soledad” o “Conversación en la Catedral”. La mayoría de las veces éxito y reconocimiento son términos excluyentes. Y muy buenos escritores no obtienen ni lo uno ni lo otro. Así que acá va un humilde consejo para los próximos ganadores del Planeta: disfruten su millón de euros, colegas, que la vida son dos días.
QUÉ ESTOY LEYENDO
Hace 20 años moría Juan José Saer, el “gran escritor argentino de la segunda mitad del siglo XX” según Beatriz Sarlo, quien nos dejó en 2024. Siempre es bueno volver a Saer, el asunto es hacernos el momento de leerlo como sus libros nos lo demandan, es decir, con paciencia, tiempo y dedicación, para que pueda surgir de esa experiencia el placer de la lectura. Con Gonzalo Garcés nos inventamos hace cinco años la mejor excusa del mundo para llevar a cabo esta tarea: conformar, junto a casi 200 personas, el Círculo de Lectores El Zahir, donde leemos y releemos los clásicos de la literatura del siglo XX (@circulozahir).
En octubre elegimos Nadie nada nunca, la novela de Saer del año 80, mi favorita y, sobre todo, la preferida de Sarlo. Es, también, uno de los dos libros que sortearé entre los suscriptores de este espacio (ver las bases al final de este newsletter). De entre las lecturas complementarias que estoy haciendo para la clase de este domingo 2/11 (nuestro encuentro mensual con los miembros del círculo) rescato y recomiendo precisamente uno de los últimos libros de Sarlo sobre su autor fetiche, Zona Saer: una aproximación más personal, menos académica, tamizada por los años y la memoria, de la obra y la figura del gran autor santafesino.
Tengo, como decía al comienzo, la edad suficiente para saber que ya no puedo leer libros de a uno: no me alcanzarían los años. Así que los abordo de a dos o de a tres y a muchos, si no logran interesarme, los abandono o los dejo por la mitad. Aunque hay un par en mi mesa de luz que leo despacio y sé que voy a terminar: el didáctico y muy notable ensayo de José Luis De Diego ¿A qué llamamos literatura? (FCE, 2024), donde se repasa la historia de la manera de leer, teorizar y clasificar las obras de ficción, lejos de la divulgación aunque con un tono profundo y claro. El sutil pero persistente trabajo pedagógico de De Diego, con sus libros, sus clases y desde la dirección, junto a Sylvia Saítta, de la colección de literatura argentina de Eudeba debería ser valorado como corresponde en el futuro.
Un poco más abajo hablaré de cine, pero antes de eso una mención a uno de mis directores favoritos, Werner Herzog, y a sus magníficos libros de memorias y experiencias: Del caminar sobre hielo, pero sobre todo el diario de filmación de “Fitzcarraldo”, Conquista de lo inútil, un texto magnético e inolvidable. A esa biblioteca se suma ahora Cada uno por su lado y Dios contra todos, lo que vendrían a ser sus “memorias completas”, o más bien un repaso narrativo sobre algunos capítulos de una vida fuera de lo común. Se hizo viral hace un tiempo un video de Herzog donde, consultado en varias entrevistas sobre qué aconsejaría a los aspirantes a cineastas, repite siempre la misma palabra: “lee, lee, lee”.
Al cierre de estas memorias hay un breve capítulo titulado “El final de las imágenes” donde Herzog reflexiona sobre el asunto de la nota de The Culturist cuyo enlace está al comienzo de este boletín: “Desde hace décadas se extiende el fenómeno de los estudiantes universitarios que apenas leen (…) ¿Cómo será un mundo en el que apenas queden lenguas habladas, cuya diversidad ya está disminuyendo de forma rápida e irrevocable?”. Leer a Herzog es siempre estimulante.
UN AUTOR PARA LEER ALGUNA VEZ
Beatriz Vignoli (Rosario, 1965): poeta, novelista, traductora y crítica de arte.
Hay, entre mis escritores preferidos, tres que se han dedicado al mismo tiempo a la ficción y a la crítica de arte. Miguel Briante, uno de los pocos que podía narrar à la Borges sin pudor, fue el primero: los cuentos de Las hamacas voladoras o Ley de juego no han perdido un ápice de su interés. En tercer lugar llegó a mi panteón María Gainza, uno de los contadísimos autores de quienes verdaderamente quedo, cada vez, en estado de espera de su próximo libro. Su forma de escribir funde sensibilidad, inteligencia y talento narrativo haciéndolos indiscernibles. En orden de predilección tengo a El nervio óptico, Un puñado de flechas y los poemas de Un imperio por otro.
Pero allá lejos y en el tiempo, a fines de la década del 2000, tuve la posibilidad de conocer en persona, en Rosario, a Beatriz Vignoli. Ya era por entonces una de las poetas más destacadas de una ciudad destacada por sus poetas. Recuerdo que me llamó la atención su timidez y su sentido del humor, y también que nos arrastró (a un grupo de escritores de Buenos Aires y a mí) a un restorán del puerto, donde se suponía que se servía el mejor pescado de todo Rosario. No lo supe hasta muchos años después, pero Vignoli se encontraba entre el pequeño auditorio de la mítica lectura que Raymond Carver y su mujer, Tess Gallagher, dieron en aquella ciudad en 1984, cuando por estas tierras nadie tenía idea de que el autor de Catedral era uno de los cuentistas más reconocidos del mundo; mucho menos que iba a morir cuatro años después.
Vignoli contó la anécdota varias veces: “Vi a un hombre que se sentó ante el micrófono y saludó con una voz gris, plana, neutra, opaca. El hombre era como la voz. Todo cuadrado, todo gris. Tenía el traje gris, plano, liso. El pelo gris. La piel gris. Los ojos grises. Unos anteojos verdosos, grandotes, de miope, enormes, cuadrados. Era todo cuadrado y gris. Una grisez sólida: eso era Carver”, recordó sobre el episodio; y en 2015 volvió a escribir sobre el asunto: “Me temo que me hice fama de mitómana por andar contando lo increíble: que yo dormí con Carver. Es decir: yo me dormí con Carver. Es verdad: me quedé dormida en mi butaca, escuchándolo leer el cuento más somnífero y aburrido que escuché en mi vida”.
Años después la editorial Bajo la luna reeditó varias de sus novelas y entonces la leí: era buenísima. Empecé por el título que más me intrigó: Nadie sabe adónde va la noche, de 2014. Una novela breve (poco más de 100 páginas) de capítulos breves donde se narra una noche entera (un viaje al fin de la noche) en la vida de Ricardo Rojas, crítico literario y profesor de literatura, por la que desfilan adolescentes frívolas, taxistas que parecen estrellas de rock, prostitutas… todo narrado con una vitalidad y un humor poco habituales en la literatura argentina contemporánea.
Una compilación de su trabajo poético puede leerse en Viernes. Poesía reunida (1979-2021) (Nebliplateada, 2022); y entre sus novelas podemos mencionar además Reality (EMR, 2004), Es imposible pero podría mentirte (Homo Sapiens, 2012), DAF (Bajo la luna, 2014) y Lemuria (Mansalva, 2022), entre otras.
UNA FRASE LATINA
Nulla dies sine linea significa “ni un día sin una línea” y a pesar de que es utilizada para referirse al oficio de escribir, al parecer su origen tiene más que ver con la pintura. La recoge Plinio el Viejo en su Historia Natural, en referencia al pintor griego Apeles de Colofón, quien se supone que no dejaba pasar una jornada sin agregar una línea (visual) a su obra pictórica. La última vez que leí la frase la utilizaba César Aira (Buenos Aires, 1949) para referirse a sí mismo.
En 2025 se cumplieron 50 años de la edición (aunque no de la distribución) de la primera novela de Aira, Moreira, que lleva más de 120 libros publicados y contando. En las salas 2 y 3 del Centro Cultural Recoleta aún puede verse la exhibición de todas las tapas de sus primeras ediciones, en orden cronológico, en la muestra “César Aira: medio siglo de literatura” curada por Diego Cano y Germán Coppolecchia. Este año, con inusitada ingenuidad, esperamos el segundo jueves de octubre, cuando se entrega el Premio Nobel de Literatura, no tanto creyendo que la Academia Sueca fuera a reconocer una obra tan excéntrica y original como la de Aira, sino imaginando qué podría hacer un autor (una personalidad) como Aira con un premio de casi un millón de euros.
Más tarde o más temprano habrá un Nobel para un escritor argentino, así como el cine local tiene sus Oscar. Por si no lo dijimos lo suficiente: no nos importan los premios, no creemos que tengan lógica ni trastoquen el valor de una obra determinada. Por lo demás, como en las películas, en la vida real casi nunca ganan los buenos. Pero si la tranquilidad económica hace que un buen escritor pueda dedicarse a lo suyo sin interrupciones, entonces adelante.
Lo que resulta una sorpresa es que la frase nulla dies sine linea, de acuerdo a esta entrevista publicada en octubre en la revista Gatopardo, ya no se verifique en el caso de Aira. El autor de Cumpleaños y El mago dice a sus 76 que no escribe hace más de un año… y eso es una novedad. La imagen que da vértigo es imaginarlo a Aira, justo a él, sin escribir. Esperamos que se trate de una de sus frecuentes boutades, y ya que hace más de 20 años que no concede entrevistas en la Argentina, además de la mencionada agregamos esta otra, que ya tiene un tiempo, pero cuenta con la curiosidad de haber sido hecha por Alan Pauls. Allí Aira, como si le contestara al reciente ganador del Planeta desde el pasado, dice:
- Creo que cuando uno se hace una idea personal de la literatura es inevitable que termine saboteando su carrera. Sería preferible no hacerse ninguna idea, ¿no?
- Pauls: ¿Cuál sería tu idea?
- Aira: Una idea de alta cultura. Elitista. Lo lamento, pero es así, objetivamente.
QUÉ ESTUVE VIENDO
CINES: perdí la fe en el cine hace ya demasiados años, antes incluso de que solo se estrenaran películas de acción inverosímiles y sagas de superhéroes. Es por esa razón que cada vez que alguno de los directores/autores sobrevivientes en este panorama desolador estrena una nueva película (en ese arco que va, en mi cabeza, de Quentin Tarantino a Mariano Llinás, pasando por Tim Burton o Luis Ortega) intento ir hasta una sala en busca de revivir, a pesar de los ruidos y del olor a comida, aquella experiencia que nos hizo tan felices entre los años 80 y los 2000.
Y eso fue lo que pasó. Paul Thomas Anderson (Boogie Nights, Magnolia, Punch-drunk love, There will be blood) es uno de esos cineastas que merecen, sea cual sea el resultado, que uno todavía se desplace en el espacio y pague una entrada. En esta ocasión, en Una batalla tras otra, adapta (muy libremente) otro libro del misterioso escritor Thomas Pynchon, Vineland.
La película, donde el personaje de Di Caprio le rinde un explícito homenaje al “Dude” de Jeff Bridges en El gran Lebowski es una aventura extraordinaria que dura casi tres horas y nos llena de intensidad: aunque los malos sean demasiado malos (el villano de Sean Penn también es memorable en su interna contradicción), el acierto es que los buenos son bastante estúpidos o crueles, lo que impide la total identificación del espectador. La heroína, por ejemplo, es una madre que abandona a su hija “para hacer la revolución”. Solo se salva el personaje de Benicio del Toro, que si bien está del lado de la justicia no se asume como un combatiente de la ingenuidad.
Un batalla tras otra habla, además, con una buena dosis de sátira, humor y también terror, del mundo absurdo y violento en el que vivimos. El final, filmado con mano maestra, puede pecar de cierto idealismo y ser un poco romántico, pero quién nos quita el placer salir del cine con entusiasmo y tarareando “American girl”.
PLATAFORMAS: hubo un tiempo en que era fácil confiar o descartar series por la plataforma que las había producido: HBO tenía las mejores (The Wire, Los Soprano, True Detective) y, salvo excepciones (House of Cards, Ozark), de las de Netflix había que permanecer lo más lejos posible. Pero ahora las plataformas se multiplicaron, dejándonos más vacíos los bolsillos y más desorientado el algoritmo. Hace mucho que HBO dejó de ser sinónimo de calidad, al ritmo de sus fusiones empresariales.
Es más fácil dejar las series que los libros: si uno sabe lo que está buscando alcanza con un par de minutos. Task, estrenada el mes pasado en HBO, creada por el autor de Mare of Easttown y protagonizada por un gran Mark Ruffalo es una miniserie de 7 capítulos que supera lo que promete: lo que parece un policial algo blando y poco creíble en los dos primeros episodios (los ladrones son demasiado sensibles, hasta que se revela algo más la trama) se convierte en un drama con múltiples ramificaciones y sostenido por actuaciones sólidas y un par de vueltas de tuerca eficaces. Lo mejor es quizá la sensación de doble final; todo parece que termina en el capítulo 6 pero el 7 refuerza el sentido y anuda las líneas argumentales que se habían ido multiplicando. Task no es una serie memorable, pero está muy por encima del promedio de los últimos años.
UNA CANCIÓN PARA ESCUCHAR EN LOOP
La banda de sonido de mi vida está conformada por la música de Sumo, Los Redondos, Joaquín Sabina, Soda Stereo, Sex Pistols, The Ramones, The Doors, Arcade Fire, Arctic Monkeys y Portishead. Llámenme ecléctico. Cada uno de ellos significó algo importante en algún momento de mi vida. A comienzos de los 2000 escuchaba una y otra vez los dos discos de la banda inglesa liderada por Beth Gibbons, que después de registrar una presentación en vivo mítica en el Roseland de Nueva York en 1998 habían entrado en uno de sus largos conos de silencio.
Por eso cuando anunciaron que iban a presentar en el festival Primavera Sound de Barcelona de 2008, diez años después de aquella noche, su disco Third, lo pensé bastante y cerré los ojos: no tenía hijos, podía pagar el pasaje en cuotas, acreditarme como periodista. Había viajado una sola vez a Europa y esa fue la segunda. Nunca me arrepentiré. Ese viaje me decidió a irme a vivir a Barcelona al año siguiente y, además, me permitió asistir a dos shows inolvidables de Portishead en la última etapa dorada de la banda. El segundo de ellos en una sala cerrada para solo 600 personas.
Llegué una hora antes y logré sentarme en primera fila. Apenas unos pocos metros y tres escalones me separaban de la banda. Cuando estaban tocando el último tema, que tiene una larga coda instrumental, Beth Gibbons bajó del escenario, vino caminando hasta donde yo estaba y se sentó a mis pies, con un vaso de cerveza en la mano, a mirar a su banda tocar. Después se levantó y con un gesto del brazo nos invitó a todos a subir al escenario a bailar. Fue inolvidable y, como aún no había smartphones, no existe un buen registro de ese momento.
“Strangers” es el tema con el que cerraron su presentación en 1998 junto a la Filarmónica de Nueva York. Una banda captada en vivo y en estado de gracia, como cuando Nirvana hizo su acústico en MTV.
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Entristece lo de Aira, y sé que tal vez es un sentimiento egoísta, pero me cuesta imaginarlo sin escribir. Siento que todavía no somos del todo conscientes de su literatura, y que aún no estamos preparados para comprenderlo como se merece.
Me impresionó también la idea de Herzog: un mundo donde casi no queden lenguas... y, lamentablemente, creo que no hay nada más cierto.
No conocía a Beatriz Vignoli, ya quiero leerla. Gracias por este número, siempre es un placer leerte.
Muy bueno. Se respiró un poco de siglo XX. Gracias