La muerte del lector
#01: Una sociedad posliteraria, política editorial, libros de 2025, autores para descubrir, películas, series y canciones.
Me gustaría ser por una vez portador de buenas noticias, pero habrá que esperar. Al parecer estamos viviendo una nueva era: el momento en el que la gente renunció voluntaria y masivamente a la lectura. La manera en que nuestros cerebros aprendieron a procesar información desde el surgimiento de la historia empezó a cambiar con los llamados teléfonos inteligentes y ahora hemos entrando a otra dimensión, que algunos optimistas hace un par de décadas creyeron mejor y hoy se nos manifiesta dramáticamente peor.
Vamos de nuevo: la mayor parte de la población ya no lee. Se informa y entretiene a través de imágenes, videos cortos y textos mínimos. Todo sucede a través de una interfase digital y lo que antes era relativamente normal, por caso las relaciones sociales, hoy es una tarea que nos cuesta cada vez más. Los jóvenes, en todo el mundo, ya no saben cómo interactuar en persona con sus pares y en muchos países están renunciando incluso a tener sexo. Las muertes en accidentes viales, por distracciones relacionadas con los aparatos telefónicos, se multiplican.
Lo que sucede con los libros en general y con la literatura en particular es más grave: ya no se ven personas leyendo por la calle, en la parada del colectivo, en la cola del banco. La literatura está ausente por completo de la discusión pública. No baso estas afirmaciones en encuestas o estadísticas, aunque existen; me alcanza con la experiencia de todos los días: trabajo en la industria editorial hace más de dos décadas, estoy atento a la realidad que me rodea, tengo una librería y veo cómo las ventas caen dramáticamente, todos los meses, no solo por razones macroeconómicas. Programo actividades literarias desde hace por lo menos quince años; nunca hubo tan poca gente interesada en ellas.
Las emisiones de radio y televisión (y su versión actual, los streamings) tienen columnistas sobre economía, política, policiales, música, cine, series (¡incluso nutrición y mascotas!) pero no un especialista que hable sobre libros. Parte del trabajo de difusión en medios que antes hacía el periodismo cultural y la crítica ha quedado en manos de influencers y, en muchos casos, simplemente de famosos de otros ámbitos (la música, la actuación, la moda), que añaden los libros a sus kits de promoción personal como un manera de distinguirse, una especie de bookwashing; son ellas, las celebridades, las que hablan de libros en los pocos espacios disponibles. ¡Antes Oprah Winfrey, ahora Dua Lipa! ¿Leer es sexy?
El problema es mayor de lo que se cree, y empieza por casa. Hoy me cuesta mucho más leer cincuenta o sesenta páginas de corrido que hace cinco o diez años. Días atrás, en una reunión familiar en la que se intercambiaban opiniones sobre las series del momento se me ocurrió preguntar si alguien estaba leyendo algún libro: la respuesta, mascullada con cierta vergüenza, fue un unánime no. En una conversación que mantuve hace poco con una reconocida crítica literaria argentina, me refirió con sorpresa que en el último viaje que hizo a París algo le había llamado mucho la atención: ya no había gente leyendo en el subte.
The Sunday Times publicó un artículo donde se habla de esta crisis generalizada de la lectura, tanto en adultos mayores como en jóvenes, que muchas veces se revelan incapaces de entender (si eligen hacerlo) un texto literario básico. Es por eso que el periódico acaba de lanzar una campaña para que los británicos “vuelvan a leer”. Así de serio es el asunto. Se convoca a voluntarios para leer en colegios y se invita a incorporar la lectura por placer, aunque sea durante diez minutos al día.
En general, la poca prensa cultural que perdura no ayuda: vive una especie de fiesta de cumpleaños permanente que celebra cualquier nuevo libro como una obra maestra, y toda mención o reconocimiento de un escritor argentino en el mundo como un certificado de vitalidad de nuestra literatura -lo que está lejos de ser cierto. Hay cada vez más ferias de libros y reuniones de editores pero da la sensación de que es siempre el mismo público el que asiste a cada uno de esos eventos. Hay una broma que dice que los lectores en Buenos Aires no son más de diez mil. Bueno, puede que haya dejado de ser una broma. En todo caso, existe la sensación de que la lectura literaria se trata de una fiesta de pocos para pocos. Si uno recorre las programaciones de este tipo de eventos, los nombres son casi siempre los mismos.
¿Hacia dónde va una sociedad que no lee? ¿Es inevitable este cambio de paradigma, puede hacerse algo para revertirlo? ¿Se trata de una decisión individual, colectiva, estatal? La batalla por la atención está perdida y a las nuevas generaciones les cuesta cada vez más concentrarse. Los más chicos ya no entienden consignas básicas en la escuela y la gente adulta tampoco parece tener paciencia, tiempo y, sobre todo, ganas de leer. Nada que no haya previsto, precisamente, la propia literatura: es así como empieza Farenheit 451 de Ray Bradbury, que en 1953 imaginó un mundo donde las personas han declinado el hábito de la lectura. Lo que hace 70 años parecía improbable ahora está sucediendo. Y los efectos son bastante parecidos a los narrados: sentimos menos, imaginamos menos, creemos menos, esperamos menos. No es casual que esta época de desinterés por el otro coincida con la de la extinción de los lectores. Leer no nos hace necesariamente mejores; no leer nos hace decididamente peores.
Dentro del campo literario, algunos de los efectos de esta situación son evidentes. Hace tiempo ya que para ganarse la vida los escritores se han transformado en otras cosas (periodistas, columnistas, docentes, talleristas, últimamente guionistas de plataformas de contenido). Publican menos novelas o libros de cuentos y más no ficción: ensayos blandos o libros de divulgación, en apariencia más fáciles de vender.
Lo que no deja de sorprender, al menos en la Argentina, es la paradoja de que aún en plena crisis de la lectura hay cada vez más gente que quiere escribir. No necesariamente con la intención de devenir escritores, de proyectar una obra, pero sí de publicar un libro: contar una historia, ser visto, ser leído, ser reconocido, recibir atención, celebrar con amigos, sacarse una selfie y subirla a las redes sociales. Lo que nadie parece desear, tal vez por tratarse de un acto que se realiza en soledad y sin ser visto por nadie, es su reverso necesario: leer.
¿Puede haber algún valor, por mínimo que sea, que rescatar de esta sociedad posliteraria hacia la que nos dirigimos?¿Hay lugar para una literatura sin lectores? La respuesta podría ser sí: sin público, sin demanda, sin ninguna presión que venga de fuerzas exógenas al acto creativo, la libertad debería ser total. Ya no existirían excusas para escribir ni para publicar textos concesivos, que hagan las cosas fáciles a un lector que no está dispuesto a decodificar signos en una página escrita. ¿Para qué escribir novelas que busquen entretener si la sociedad ya ha elegido entretenerse de otra manera?
Una mirada optimista podría esperar, de una situación como esta, el nacimiento de una nueva literatura. ¿Por qué no?
Todas las opiniones y comentarios volcados en TomasHotel están hechos a título personal y no representan la postura de ninguna institución.
QUÉ ESTUVE PENSANDO
La editorial Anagrama fue fundada en Barcelona en 1969 por Jorge Herralde y creció como editorial independiente en los años 70, luego de cuatro largas décadas de dictadura franquista. Comenzó publicando ensayos y algunos autores contraculturales a lo largo de los años 80, y quienes crecimos y nos formamos como lectores en la Argentina en la década del 90 accedimos a algunos autores capitales (Copi, Bukowski, O’Toole, Highsmith, Capote, Nabokov, Faulkner, Carver, Houellebecq) a través de aquellas ediciones simples, atractivas y duraderas, en traducciones abominables -la perversión de aquellos españoles que nos atiborraban de pollas y coños no tenía límites- que no lograban opacar nuestro placer por el acceso, posibilitado por el uno a uno de la convertibilidad, a libros que de otra forma hubieran resultado prohibitivos.
Para principios de la década del 2000, Anagrama había perdido la brújula y, salvo por la colección Narrativas Hispánicas (donde publicaban Bolaño, Piglia, Pauls), al menos en la Argentina nadie tomaba su catálogo como sinónimo de calidad, salvo los nostálgicos o los muy desorientados. En paralelo, desde fines de los 90 y sobre todo desde principios de la década del 2000, surgieron en nuestro país muchos sellos que hicieron el trabajo de descubrir y apostar por autores nuevos que revitalizaron el panorama editorial, desde Beatriz Viterbo a Entropía pasando por Interzona, Mansalva, Caja Negra y tantas otras.
Fue un lento desdibujarse el de Anagrama, entre el 2005 y el 2015, que terminaría con la venta al grupo italiano Feltrinelli. Desde entonces, hay que decirlo, su puntería mejoró: no solo contrataron mejores traductores y comenzaron a imprimir en otros países, lo que hizo que los precios de tapa se acomodaran al mercado local; al menos en la colección de literatura latinoamericana (la que lleva el diseño de tapa gris) difundieron a algunos de los autores que más me interesaron en los últimos años: María Gainza y Benjamín Labatut por ejemplo. El Premio Herralde de novela, por lo general, es más confiable y está por encima del resto de los premios de las editoriales grandes (el Planeta pero también el Alfaguara), y si el ganador genera alguna duda siempre hay entre los finalistas alguien a quien destacar (en los últimos años Carlos Busqued, Diego Vecchio o Federico Falco, por mencionar solo a tres argentinos).
Días atrás nos enteramos de que el también argentino Pablo Maurette obtuvo los 30 mil euros que entrega el premio con la novela El contrabando ejemplar. Por otro lado, esta semana inauguró en el Centro Cultural Recoleta una exposición titulada “Un mundo de Busqued”, cuando están por cumplirse los cinco años de la muerte del escritor chaqueño-cordobés que publicó en Anagrama Magnetizado y, sobre todo, una novela única, extraordinaria, titulada Bajo este sol tremendo.
En la exhibición, curada por Juan Maisonnave, se podrá acceder al mundo personal de Busqued, que tanto tiene que ver con los personajes de sus libros: Cetarti, Duarte y Danielito. La trágica y temprana muerte de Busqued cerró la posibilidad de expansión de un autor muy singular (¿habría continuado escribiendo ficción? ¿Qué pensaría de esta época?) y de alguna manera lo convirtió en un mito para algunos pocos iniciados. Quizá la exposición, en las salas 2 y 3 del CCR (que funciona al mismo tiempo como espacio de coworking) sirva para que ese cerco se amplíe.
QUÉ ESTOY LEYENDO
Llega fin de año y se viene la avalancha de artículos periodísticos sobre los títulos más destacados de 2025. Nadie va a decir que no fue un gran año para la literatura argentina (y un año malo para las editoriales y pésimo para las librerías), y que no es fácil seleccionar libros que realmente nos hagan gastar los 30 o 40 mil pesos que cuesta hoy un ejemplar promedio -aunque valga aclarar, una vez más, que como obsequio un libro sigue muy por debajo de una remera, un bolso, un perfume y es un objeto noble que puede llevarse de viaje, reutilizarse, venderse, canjearse e incluso volverse a regalar.
Así que no sin esfuerzo acá van los cinco libros que estoy leyendo -y que estuve leyendo durante el año- y que creo que valen la pena la inversión:
- Alguien que canta en la habitación de al lado (Alan Pauls): en otra vida y en otro mundo dirigí la sección Cultura de la agencia de noticias Télam. Creía, iluso de mí, que las cosas se podían hacer de otra manera (es decir, mejor). Muchos de los cambios que imaginaba no sucedieron o quedaron a mitad de camino, salvo uno: la sección “El libro de la semana”, que escondía la voluntad de contratar a los mejores críticos de la Argentina para que leyeran y escribieran, cada uno, una reseña al mes sobre novedades editoriales. Graciela Speranza, Beatriz Sarlo, Damián Tabarovsky, Martín Prieto y Alan Pauls hicieron ese trabajo durante más o menos un año. Algunas de esas piezas están incluidas en esta recopilación de artículos de Pauls, quien para muchos (incluido yo) es uno de los lectores más sofisticados de nuestro país. Cómo pensar leyendo, cómo trazar mapas de influencias, leer al Pauls ensayista es un verdadero placer de la inteligencia.
- Espacio para soñar (David Lynch y Kristine McKenna): el 15 de enero de 2025 murió, a los 78 años, uno de los más grandes artistas del siglo XX: el cineasta David Lynch. Siempre me gustó más ver las películas de Lynch que leer sobre él o escuchar sus entrevistas: a veces incluso cuando me topé con algunos de sus textos (como el libro Atrapa al pez dorado, sobre la meditación trascendental que practicó buena parte de su vida) no terminaba de entender si estaba frente a un genio o a un idiota. Pero después volvía a ver Terciopelo azul, Carretera perdida, Twin Peaks o Mulholland Drive y ya no tenía dudas: el idiota era yo y el tipo un verdadero maestro, alguien capaz de meterse en tu cabeza y diseñar mundos visuales y sonoros que queden instalados allí para siempre. Hacía falta una biografía donde se sugiriera de dónde salieron todas esas ideas, esa imaginación, esa sensibilidad. Bueno, ese libro ahora existe, tiene unas 600 páginas, una cronología clara de la vida y la obra de Lynch y un montón de fotografías.
- Cuentos completos (Diego Angelino): ¿alguien conocía a este autor que nació en Entre Ríos en 1944 y vive en la Patagonia desde 1964, que fue premiado en diversos concursos por Borges, Bioy, Walsh, Onetti y Cortázar y cuyos libros circulan desde hace años en editoriales entre menores y secretas? Al parecer, Angelino viene escribiendo una literatura sumamente elegante y personal desde hace décadas, al margen de todo círculo literario, sin ambiciones y sin pausa. No había escuchado de él hasta que Martín Kohan impulsó la publicación de sus cuentos (pequeñas maravillas, mayormente instaladas en ambientes rurales), que se editaron en Eterna Cadencia. No deja de ser gracioso que un libro que lleva este título no alcance las 150 páginas, pero en nada afecta el interés de esta colección y la solidez de su escritura, tan distinta a mucho de lo que puede leerse en la actualidad.
- Una pequeña parte del universo (Hebe Uhart): dentro de las escenas involuntariamente irrisorias de mi carrera periodística destaca aquella vez, en una reunión de editores del diario Perfil (sería el año 2010), en que el jefe de redacción agarró la que iba a ser la tapa del suplemento Cultura de aquella semana, que yo dirigía, y riéndose de mí la levantó y preguntó en voz alta: ¿alguien conoce a Hebe Uhart? No recuerdo si alguien contestó ni cómo respondí yo a ese intento de exposición pública (la idea que quería reforzar era que el suplemento que yo dirigía era demasiado elitista), lo que sí sé es que después de aquello y con el correr del tiempo la figura y el reconocimiento público de la obra de Uhart no dejó de crecer hasta su muerte, en 2018. Esta compilación de Adriana Hidalgo reúne algunos textos suyos sobre la escritura, sobre diversos autores (de Morosoli a Fogwill, de Mansilla a Correas), y acerca de dos de sus aficiones intelectuales: la cultura griega clásica y la filosofía.
- El contrabando ejemplar (Pablo Maurette): acabo de recibir la novela del autor de La migración, La niña de oro y los ensayos El sentido olvidado y Por qué nos creemos los cuentos, y la lectura de sus primeras páginas augura una experiencia a la altura de sus libros anteriores. Más allá de la simpatía que me despertó inmediatamente la imagen de la tapa (el “Pulpo” del Italpark que tantos chicos nacidos en los 70 llegamos a visitar) la propuesta de Maurette (Buenos Aires, 1979), graduado en filosofía en la UBA y que enseña actualmente literatura comparada en los Estados Unidos imagina un libro inacabado en el que se intentan hallar las razones del trágico destino de la Argentina, en cuyo origen se ubica la invención y desarrollo de una sociedad del contrabando.
UN AUTOR PARA LEER ALGUNA VEZ
Steven Millhauser (Nueva York, 1943): escritor y profesor.
Hace pocos días se realizó en el Centro Cultural Recoleta un homenaje al escritor Marcelo Cohen, fallecido hace tres años. En la mesa convocada lo recordaron con admiración Matilde Sánchez, Pablo Schanton, Manuel Crespo y Maximiliano Papandrea, y entre el público estaban su mujer, Graciela Speranza, y críticos y artistas como Graciela Montaldo, Martín Rejtman, Guillermo Kuitca y Rosana Schoijett, entre otros.
La idea era recordar al autor de libros como Donde yo no estaba, El oído absoluto, El fin de lo mismo o Llanto verde, pero lo cierto es que Cohen no solo era autor de ficciones sino que sus intereses y trabajos lo llevaron a pensar y reelaborar géneros como la ciencia ficción, dirigir colecciones literarias, fundar revistas de crítica como “Otra parte” y, sobre todo, dedicar buena parte de su vida a una labor más secreta y abnegada, a la que solo pueden dedicarse los verdaderos amantes de la literatura: la traducción. El castellano de Cohen está detrás de muchos de los buenos libros que hemos leído alguna vez, de autores como Auster, Lispector, Larkin, Ballard, Fitzgerald, Burroughs, Roussel… y tantos otros.
Entre esos otros está un narrador extraordinario que pocos hubieran leído por estas tierras sin la intermediación de Cohen: Steven Millhauser. Honestamente, se sabe tan poco de Millhauser más allá de sus libros que pensé que había muerto pero no, al parecer sigue vivo a sus 82 años. A principios de los 2000 compré en una librería de usados de la avenida Cabildo (El Túnel), seguramente atraído por su título, un volumen de cuentos llamado El lanzador de cuchillos, editado por el sello chileno Andrés Bello. Allá por 2007 escribí, en el diario Perfil, una columna que decía algo así: “La prosa de Millhauser avanza transparente: sin sobresaltos, espirales ni complicaciones. Y, sin embargo, la atmósfera de sus cuentos se dispara en sentido contrario, enrareciéndose con el correr de las páginas, como una versión pesadillesca de la vigilia. En este sentido, tal vez pueda pensarse a Millhauser como un avatar moderno de Kafka”. La versión castellana del libro era de otro gran traductor argentino, Carlos Gardini.
Cohen dirigía por entonces la colección Línea C (de ciencia ficción, o ficción especulativa) de la editorial Interzona, y fue quien publicó, además del genial ¡Plop! de Rafael Pinedo, los primeros libros de Millhauser en la Argentina como August Eschenburg, a los que siguieron Museo Barnum y finalmente la edición local de El lanzador de cuchillos. Mientras escribo estas líneas entra a mi casilla de correo electrónico un mensaje de la editorial que anuncia la publicación de otro título de Millhauser: Edwin Mullhouse. Ante mi sorpresa por la extraña coincidencia el editor Guido Indij me adelanta que en el futuro y en agradecimiento al trabajo de divulgación de Cohen publicarán tres libros más del mismo autor, uno por año.
No es probable que escuchen hablar seguido en redes sociales o en programas de streaming sobre Millhauser, como tampoco de otros autores estadounidenses editados en la Argentina como Stephen Dixon, Grace Paley o Lydia Davis. Alcanzaría solo con esa razón para que vayan corriendo a leerlos.
QUÉ ESTUVE VIENDO
Cine: Un simple accidente (Jafar Panahi). En 1999 el poeta rosarino Martín Prieto publicó una novela llamada Calle de las escuelas número 13 donde un grupo de personas tomaba la decisión, ya en democracia, de entrar en contacto con un torturador de la dictadura para matarlo y, de esa forma, hacer justicia por mano propia. La película del director iraní que obtuvo la última Palma de Oro en el Festival de Cannes tiene algún lejano punto de contacto con aquella ficción, salvo que el encuentro con el torturador se da de una forma fortuita y, a partir de ahí, el dilema de los protagonistas es precisamente qué hacer con él. El manejo del fuera de campo es magistral (pasa mucho tiempo hasta que conocemos la verdadera cara del mal), así como las variaciones en el tono de esta comedia tan incómoda como oscura. Capítulo aparte para la manera de filmar de Panahi, a la vista de todos pero en verdadera clandestinidad.
Cine en plataformas: ¿Qué va a pasar con HBO ahora que fue comprada por Netflix? Puede que mucho, puede que nada. Lo cierto es que HBO tuvo no pocos puntos altos durante noviembre, empezando por el reestreno de Historias extraordinarias, la obra maestra de Mariano Llinás estrenada en cines en 2008. Todavía recuerdo la impresión que me causó aquella experiencia de visionado en la sala del Malba, el entusiasmo en las conversaciones durante los dos intervalos. Claro que la película funciona mucho mejor en el cine, pero sus cuatro horas son igualmente disfrutables en pantalla pequeña.
HBO también estrenó un documental agradable titulado Nueve auras y dedicado al cineasta Fabián Bielinsky, fallecido sorprendentemente en 2006 a sus 47 años. Para entonces había dirigido una película perfecta (Nueve reinas) y otra verdaderamente atrapante aunque imperfecta (El aura). Por supuesto que volví a ver, y a disfrutar, de las dos. Nueva reinas es la verdadera pieza magistral de ese subgénero que podría denominarse “golpe de efecto final”: ni Sexto sentido ni Los sospechosos de siempre le llegan a los talones.
Series: Black Rabbit (Netflix, 2025, 8 episodios). Hay series pasatistas, que no dejan huellas: uno termina de verlas y ya las olvidó. Son como las noticias en los diarios del día. Hay otras buenas, eficientes, que cumplen el cometido de entretener, ser una compañía durante algunos días y dejar un sedimento, algo en el recuerdo. Como haber leído un buen cuento del que uno va a recordar siempre la anécdota o el rasgo de un personaje. Y después están las otras. Las que son como las buenas novelas, las que uno podría volver a ver (a leer) en cualquier momento: The Wire, The Sopranos, Breaking bad.
Black Rabbit, estrenada tiempo atrás en Netflix pertenece a la segunda categoría al igual que otra serie a la que le debe mucho y con la que comparte productores y a Jason Bateman: Ozark. Pero a diferencia de esta, que tiene tres temporadas, Black Rabbit es un destilado de apenas ocho episodios, lo que es un acierto.
Si Ozark sucedía en el interior de los Estados Unidos y su mundo era el de los casinos y el dinero del narcotráfico, Black Rabbit transcurre en Nueva York y su universo es el de la gastronomía cool y el dinero de la mafia. Además de las actuaciones destacadas de Bateman y Jude Law la serie tiene otras virtudes: un villano verdaderamente inolvidable y un profundo lazo secreto entre hermanos.
UNA CANCIÓN PARA ESCUCHAR EN LOOP
“Picnic en el 4B”, Soda Stereo, del álbum Doble Vida (1988).
En 1988 yo tenía trece años y estaba terminando la escuela primaria. Mis padres tendrían alrededor de treinta y cinco y, verdadero lujo para la época, poseían un auto con estéreo y algunos cassettes, entre los cuales estaba Doble vida. Recuerdo aquella época, en retrospectiva, con una tonalidad agónica o crepuscular, quizá por la impresión que me habían causado las imágenes en la televisión del levantamiento carapintada, por las crecientes dificultades económicas familiares, o más probablemente porque estaba terminando séptimo grado y, de alguna manera, comenzaba a intuir que el matrimonio de mis padres no iba a durar para toda la vida.
Lo cierto es que desde las primeras veces que el álbum de Soda Stereo sonó en aquel auto -no teníamos cassettera en casa, solo tocadiscos- lo fui incorporando a mi cuerpo como si estuviera hecho de una materia oscura y misteriosa, con esas letras que hablaban de una doble vida, de corazones delatores, de la ciudad de la furia, de seres lánguidos, de cúpulas que sangran… mucho antes de saber qué era lo gótico o de leer con atención a Edgar Allan Poe (de quien conocía apenas unos cuentos en inglés).
Ahora, a la distancia, creo que el disco de Soda Stereo era efectivamente muy oscuro y que imprimía un fuerte giro a una propuesta musical que hasta ese momento se había manifestado voluntariamente ligera. Que las canciones de Doble vida, que tienen mucho más de soul, funk y rap que de pop (probablemente por haber sido grabado en los Estados Unidos y producido por Carlos Alomar, que había trabajado con Iggy Pop, David Bowie y Paul McCartney) anticipaban, a su manera, la debacle social, económica y política en ciernes -1989, al asalto a La Tablada, la hiperinflación, el nacimiento del menemismo-, así como Momo Sampler de Los Redondos lo haría una década después con la crisis de 2001.
No digo que Cerati, Bosio y Alberti estuvieran pensando en componer un disco de época ni mucho menos testimonial: supongo que estaban bastante ocupados en convertirse, por mérito propio, en la banda con más proyección de Latinoamérica. Digo que ese disco, con una portada icónica tomada precisamente en la esquina de Bolívar, Hipólito Yrigoyen y Diagonal Sur, a pasos del Cabildo y la Plaza de Mayo (el corazón delator de la ciudad de la furia), que se conserva tan parecida tantos años después, les salió decadente y críptico y captó más allá de su propia voluntad el zeitgeist del fin de los años 80 en la Argentina.
Y como una transición entre trabajos anteriores (Nada personal y Signos) y el abismo interior de Doble vida (que cerrará 43 minutos después con una “Terapia de amor intensiva”) aparece la primera canción: Picnic en el 4ºB, que tiene un ritmo musical intenso, festivo, y una letra que contradice esa misma idea. En una primera aproximación Picnic… parece un tema un poco tonto, pero enseguida, al prestar más de atención a las palabras, nos vemos adentro de una fiesta, en un cuarto piso de un departamento al contrafrente (B), rodeados de personajes misteriosos, con puertas que se abren y se cierran, alcohol y un ambiente entre lúbrico y aterrador. ¿Cómo interpretar de otra manera esas primeras líneas?
Hay una que no puede parar
de hablar de glamour
Y él solo piensa en comer
su fruta prohibida
Mi majestad se ha perdido entre una multitud
mojando la alfombra con sus sueños de diva.
Oscuridad, verborrea, alfombras, humedad… El sentido elusivo de aquellas primeras frases disparaban todo tipo de asociaciones en mi cabeza de preadolescente. Algo pasaba en las noches porteñas, algo que no tenía edad suficiente para experimentar todavía. ¿Era la contracultura de los 80, que agonizaba? Es probable.
Después sigue llegando gente a la fiesta, se habla de que el picnic es una cuestión de voltaje, y se leen los versos del final, que son aún más ambiguos y sugerentes que los primeros:
Prefiero vagar sin sentido
a empapelar mi habitación
Creí cambiar aquel sonido y aquí estoy
bailando esta maldita canción
¡Ay, no! Esta no es mi noche
¿Vagar sin sentido por el interior del departamento o salir a la calle? ¿Y qué tiene que ver eso con empapelar la habitación? ¿Están hablando de pegar pósters de los ídolos en la pared del cuarto o es una alusión oblicua al consumo de drogas? Lo mejor de todo son esas líneas finales, que ponen al personaje principal (¿aquel que pierde a su novia por el pasillo del departamento en los primeros versos?) en el lugar del antihéroe: alguien que creía saberlo todo, alguien capaz de cambiar un sonido (¿De componer temas distintos? ¿De fundar un grupo nuevo?) y que debe resignarse al fracaso, a bailar una vez más la misma canción, a asumir que esa tampoco ha sido su noche.
Recuerdo que por la época en que apareció Doble vida la única relación que un chico como yo podía tener con la música y las letras de una banda era el desplegable que el cassette traía en su interior: pasábamos horas leyendo aquellas frases e imaginándoles algún sentido. Nadie que no tuviera contacto directo con el grupo podía saber si en aquellas composiciones había alguna referencia directa a la realidad. Uno no entendía del todo las letras, los autores se negaban a develarlas en las entrevistas, y esas canciones habilitaban ser leídas como si fueran los versos de un poema hermético.
Hoy somos capaces de saber, en apenas un minuto de búsqueda en Internet, que aquel departamento del 4ºB realmente existía, que Gustavo Cerati compuso parte de Doble vida en ese tres ambientes (José Hernández 2194, esquina Cuba) del barrio de Belgrano donde había montado un estudio de grabación casero, y que el edificio lo había diseñado nada menos que Clorindo Testa poco antes, en 1986.
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Es inevitable pensar en "La muerte del autor" frente a este título, y la ironía de que aquel lector atento que Barthes imaginaba (capaz de demorarse y dejarse transformar por lo que lee) hoy parezca estar en extinción.
En un tiempo en que la lectura muchas veces se vuelve un gesto de identificación inmediata y el escritor vale más por su figura que por su obra, reconforta pensar que todavía persiste una minoría obstinada que concibe la literatura como un arte.
Coincido en que "Alguien canta en la habitación de al lado" fue de lo mejor que leí este año: el Pauls ensayista, que piensa la literatura desde la experiencia misma de la lectura, es admirable.
Y me dejaste un nuevo pendiente con Diego Angelino, a quien no conocía: la brevedad, la escritura concentrada y el reconocimiento de grandes referentes ya son motivos suficientes para querer leerlo.
Gracias Maxi, por este número!!
Quizás es un buen momento —pensando de forma optimista— para que la literatura vuelva a cautivar desde las novelas con su propio código, desde la ambigüedad, desde lo indescifrable en vez de seguir entregando las ideas ya masticadas.
Que lo editorial no dicte lo que se escribe es un buen punto de partida (difícil para los ya inmersos en ese mundillo).
Por otra parte, quizás es tambien un buen momento para que se vuelva a entender que las palabras tienen su propio poder y encanto, diferente al de las imágenes o la música. Que la literatura no es por la trama sino por cada palabra ubicada en su lugar.